Hermana Helena de Troya o las veleidades de la historia

Helena de Troya Helena de Troya de Evelyn Morgan

Por Hermano Dimauer

Detalle de Helena de Troya (1898), de Evelyn de Morgan (1855-1919). Óleo sobre lienzo. Wightwick Manor House, Wolverhampton.
Detalle de Helena de Troya (1898), de Evelyn de Morgan (1855-1919). Óleo sobre lienzo. Wightwick Manor House, Wolverhampton.

¡Maldita sea la hora…! Debió de pensar Helena de Troya al ver huir por el campo de batalla a su amado Paris, perseguido espada en alto por el bruto de Menelao. Los dos hombres habían acordado enfrentarse a pecho descubierto para decidir quién se quedaba con ella, pero durante el combate a su joven príncipe le había entrado el canguelo y las piernas le habían cogido vida propia, para estupor de griegos y troyanos. Y desazón infinita de la bella Helena.

¿Y a qué mujer no se le ha caído alguna vez el alma a los pies al descubrir que el hombre al que ama, al que se ha entregado ciegamente y en el que ha puesto todas sus esperanzas, no es más que un muchacho asustado, tambaleante por los senderos de la vida y la muerte? Pero pocas tan desdichadas como nuestra querida hermana Helena, acusada de haber provocado una cruenta guerra entre dos pueblos y odiada tanto por unos como por otros. Y es que la historia tiende a culpar a las pulsiones de las mujeres de las estupideces que cometen los hombres. Y si no, juzguen ustedes mismos.

Mapa de Grecia por la época de Helena de Troya
Mapa antiguo de Grecia y Troya.

Helena de Troya se casa con Menelao

Hija de los reyes Leda y Tindareo, Helena de Troya nació en Esparta alrededor del 1200 AC, y ya de niña los rumores sobre su extraordinaria belleza se extendían por todo el Peloponeso. Tal fue así que cuando cumplió edad de desposarse, acudieron a Esparta 119 aguerridos reyes griegos a pedir su mano.

Tindareo, temeroso de que la elección de uno desatase la ira del resto, era incapaz de decidirse. Tuvo que ser el astuto Odiseo quien diese con la solución al problema. Que la propia Helena eligiese marido, con la promesa de todos los aspirantes de respetar su decisión y proteger de por vida al afortunado. Así se hizo. Y entre los 119 reyes griegos, a cuál más viril y fornido, Helena escogió a Menelao, célebre por sus anchas espaldas.

Los nuevos reyes tuvieron siete hijos, y todos los ciudadanos de Esparta coincidían en afirmar que, a cada día que pasaba, su reina se volvía más y más bella, lo que atribuían a su felicidad. Pero el corazón de los hombres tiende a emboscarse en sus ambiciones. Con el tiempo, Helena empezó a advertir que Menelao se preocupaba más de rebanar el cuello a sus vecinos, robarles las ovejas y celebrar el botín con un buen banquete que de ella. Además, el hombre tampoco es que fuese especialmente comunicativo.

Quiso el destino que un día Menelao tuviese que viajar a Creta al entierro de su abuelo. Y quisieron los dioses que, por las fechas en que se hallaba ausente, buscase refugio en Esparta, tras una tormenta en el mar, un joven príncipe troyano de porte esbelto, rizos embaucadores y magnéticos ojos negros. Paris.

Paris y Helena de Troya representados por Jacques-Louis David
Detalle de Los amores de Paris y Helena (1788), de Jacques-Louis David (1748-1825). Óleo sobre lienzo. Museo Louvre, París.

Helena y Paris se enamoran

La atracción entre Helena y el príncipe prende al instante, como la corteza de un árbol atravesado por un rayo, y los dos amantes se entregan cada noche a su pasión desenfrenada. Abrir la puertas de su alcoba a un adonis mancebo no debería por qué acarrear mayores consecuencias, pero la bella Helena empieza a sentir que el pecho le arde y el aire le falta cuando Paris abandona su lecho. Y no solo por sus cejas interminables o su piel dorada al sol. Ni por esas piernas tan largas o la brisa marina que desprende su cuerpo. También por sus palabras.

Por cómo cada amanecer las primeras luces del alba les sorprenden desnudos y abrazados, con Paris deleitándola con algún episodio de su vida. Como el día que Zeus le congregó en un bosque, junto a las diosas Hera, Atenea y Afrodita, para decidir cuál de las tres era la más hermosa. Paris se acabó decantando por Afrodita, y esta, en recompensa, le prometió el amor de la mujer más bella del mundo. La misma mujer a la que ahora le susurraba al oído esta historia.

El joven príncipe también le habla de Troya. De sus robustas murallas, de la opulencia de sus palacios y de sus costas bañadas por un mar tan azul como los ojos de su amada. O de la gran variedad de especias y coloridas telas y vestidos que transportan hasta allí las caravanas de comerciantes del oriente. Y Helena se sorprende a sí misma soñando despierta. Recorriendo las majestuosas calles de la ciudad acompañada de Paris y bebiendo el agua cristalina de sus manantiales. Está enamorada. Y el día que Paris tiene que partir, Helena decide abandonarlo todo —esposo, hijos y país— para marchar junto a él hacia una nueva vida.

El Juicio de Paris (1885-1887), de Max Klinger (1857-1920). Óleo sobre lienzo. Museo Austriaco Belvedere, Viena.

El rey Agamenón, hermano de Menelao, emprende La guerra de Troya

¡Y maldita la hora…! Porque su cuñado Agamenón había aprovechado su fuga con Paris para invocar el viejo juramento propuesto por Odiseo y declarar la guerra a Troya. Como consecuencia, una gran coalición de ejércitos griegos —con Agamenón, Menelao, Aquiles y Odiseo a la cabeza— asediaba la ciudad desde hacía diez años. Diez años en los que los muros troyanos se habían convertido en los barrotes de su celda. Y en los que había visto madurar, día a día, el odio hacia ella de sus habitantes, quienes la responsabilizaban de la muerte de sus hijos en el campo de batalla.

¿Y todo por quién? Pues por un zascandil cobarde y mujeriego. Un fatuo que por el día la exhibía como un trofeo, para por las noches perderse en la oscuridad a rondar cortesanas por la ciudad. Una ciudad inmunda, de angostos y nauseabundos callejones, rebosantes de excrementos, habitada por seres mezquinos y gobernada por un decadente viejo verde, el rey Priamo, que la abrumaba a miradas lascivas y no dejaba pasar oportunidad de manosearla.

Pero eso sí, todos la aborrecían a ella. Todos, tanto griegos como troyanos, la culpaban a ella de sus desgracias. Como si Agamenón no llevase años buscando cualquier excusa para invadir Troya. O el pusilanime de Paris no hubiese tardado una década en acceder a un combate que zanjase el conflicto, para después salir corriendo como una gallina despavorida a la vista de todos.

Por todo ello. Por su pesada carga y sus tribulaciones, por haber pasado a la historia como la causante de una guerra que ni la iba ni la venía y porque no hay nada más humano que enamorarse ciegamente, sin medir las consecuencias… ¡Alabada sea la Hermana Helena de Troya!

Helena ante las Puertas Esceas (1880), de Gustave Moreau (1826-1898). Óleo sobre lienzo. Museo Nacional Gustave Moreau, Paris.

Y por si quieren saber y leer más sobre Helena de Troya, Paris, Menelao, Aquiles, Odiseo y la guerra de Troya, de una forma aména, les recomendamos este libro. Y este otro, también.